Si te empiezan a gustar las Harley, tengo una noticia que darte…

“¿Es cierto el mito de que la Harley está asociada a la crisis de la mediana edad?”, se le plantea a Álex Mumbrú, leyenda del baloncesto español y actual seleccionador alemán con la que ganó el último Eurobasket, declarado aficionado a las motos y que apunta las causas por las que el público de mediana edad es el objetivo de estas motos. “Yo creo que tiene más que ver con el poder adquisitivo. Una Harley es un lujo y son motos caras. Normalmente, la capacidad para comprártela llega a mayor edad”.

No tanto una urgencia por volver a ser joven como una combinación muy concreta de tiempo, dinero y experiencia. La vida adulta permite —por fin— ciertos caprichos que antes no estaban al alcance. Y la Harley, más que un vehículo, funciona como una reafirmación personal en un momento en el que muchas identidades empiezan a resquebrajarse.

La sensación de libertad que te acompaña

La Harley no es solo nostalgia, sino afirmación. “Sensación de libertad y rebeldía. Y también ver que la edad no te impide seguir haciendo cosas”, continúa José Luis. “Todo eso supera a cualquier miedo que puedas tener por ponerte sobre las dos ruedas”. No se trata de negar el paso del tiempo, sino de habitarlo de otra manera.

Ese componente emocional aparece también en el discurso de Mumbrú. Para él, la moto funciona como un paréntesis dentro de una vida exigente. “Me aporta libertad y tranquilidad”. Subirse a la Harley implica una desconexión casi total: “Es el momento en el que desconecto del móvil, de la tecnología, y me centro en conducir, en ir con el aire”.

En una vida adulta marcada por agendas llenas, pantallas constantes y presión constante, la moto se convierte en uno de los pocos espacios donde no pasa nada más que lo que pasa. “Dejo de escuchar música, de hablar por el móvil, de ir con una vida acelerada. Son otras sensaciones”, resume.

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