

En la mesa de operaciones yace un hombre que está a punto de someterse a una fractura voluntaria de piernas. Son las ocho de la mañana y en el altavoz suena música metal a todo volumen. El cirujano coge un taladro, trabaja en el fémur que tiene delante, coloca una cuña en el punto de fractura previsto, golpea con un martillo y parte el hueso. Luego taladra profundamente los dos fragmentos ahora sueltos. Tarda una hora por hueso y suena como si estuvieran instalando una cocina nueva. Martillo, taladro, martillo, taladro.
El paciente despertará con dos clavos intramedulares en los huesos y varillas metálicas de 20 centímetros de largo que fijan sus fémures fracturados. Cuatro veces al día, utilizará un control remoto para separar los fragmentos óseos 0,25 milímetros. En los espacios vacíos crecerá nueva masa ósea. Un milímetro al día, durante tres meses, por cada 8, 9 o 10 centímetros de altura corporal.
Durante este tiempo, el paciente se alojará en una habitación de hotel. El gimnasio, la fisioterapia y la sala de curas están a un corto trayecto en ascensor. Hasta 40 pacientes más se recuperan en las habitaciones contiguas. Entre ellos hay algunas mujeres, pero la gran mayoría son hombres procedentes de todo el mundo: Alemania, Estados Unidos, Turquía, Australia, el Líbano…



