

Con un sencillo método esta mujer se pasó 12 meses trabajando aproximadamente 15 minutos a la semana —los mismos en los que preparaba las reuniones en las que convencía sus jefes de que iba avanzando en sus proyectos—. El resto de la jornadas se abría un Excel en la pantalla en la que preparaba minuciosamente sus viajes personales, aunque a ojos del resto trabajaba a conciencia por los objetivos de la empresa de software con oficina en Londres en la que estaba contratada. “No trabajé absolutamente nada durante un año entero. El experimento no terminó porque alguien descubriera mi inactividad, sino porque finalmente me fui yo del trabajo”, explica en este ensayo.
Leyla Kazim ha justificado su experimento analizando lo duro que es —existencialmente hablando— el compromiso con un trabajo de oficina en el que no existe una vocación clara. “Las actividades que son significativas para ti —las cosas que te da alegría crear y hacer o pasar tiempo con tus seres queridos— quedan relegadas a los márgenes de tu vida. Es decir, aproximadamente antes de las siete de la mañana y después de las ocho de la tarde entre semana, más las migajas que quedan del fin de semana», escribe. Para ella, cuyos primeros años trabajando en esta oficina de Londres fueron más o menos felices, todo cambió al darse cuenta de que no podía soportar la monotonía de un trabajo que no le hacía sentirse útil: “Los minutos se estiran hasta convertirse en horas y te preguntas cómo es posible que solo sean las tres y media de la tarde cuando llevas sentado en esa silla lo que parece una eternidad”, escribe. | @elpais