EL MÉTODO: LEYES Y CABALLOS
Para lograr este hito, Mónica no eligió el aislamiento absoluto, sino una disciplina férrea combinada con válvulas de escape. Su rutina comenzaba a las 7:30 de la mañana, pero tenía un límite innegociable a las 11:30, momento en el que cerraba los libros para ir a montar a caballo.
«Era lo que conseguía que desconectara; intentaba no pensar en nada y así notaba al día siguiente que mi mente estaba más fresca», explica sobre su pasión por la equitación, que mantuvo durante todo el proceso, en el que contó con el magistrado Luis Miguel Columna como preparador.
Las tardes se dividían entre bloques de estudio y gimnasio, aunque reconoce que el último verano, previo al examen final, la fatiga obligó a recortar la vida social. «Mi cuerpo me pedía que el día libre lo aprovechara para descansar; ahí sí sentí más que sacrificaba parte de esa juventud idealizada», confiesa, aunque matiza que al ser un sacrificio voluntario, «no le hacía mucho caso al sentimiento».
El camino no estuvo exento de pánico. Su primer examen oral fue «catastrófico» por los nervios, pero aprendió la lección para el segundo: «Los temas que menos quieres que te caigan, te van a caer».
Reforzada en sus puntos débiles y controlando la ansiedad con la respiración, superó el temido «cante». En este tránsito, atribuye el «80 por ciento» del éxito a su preparador, quien ejerció también de freno cuando la autoexigencia la desbordaba. | @elmundo



