Aunque rehuye la etiqueta con modestia, José Heredia González es un pionero. Dice en todo momento no verse como un modelo para otros jóvenes gitanos que, igual que él, viven en la periferia de Barcelona. Pero la realidad se empeña en recordárselo. “Me lo dicen más de lo que yo me lo creo. ¡Incluso mi hermana pequeña, que está en Primaria, me dice que soy su referente!”, comparte.
Le elogian porque ha roto uno de los muros invisibles que los estigmas erigen en torno a ciertos barrios y sus vecinos. Este septiembre, José se ha convertido en el primer muchacho gitano de La Mina que accede al campus Diagonal-Besòs de la Universitat Politècnica de Catalunya (UPC) para estudiar ingeniería. Lo hace sin salir de los confines del vecindario situado en Sant Adrià, que trata de arrancarse los clichés que lo asocian a la marginalidad y la delincuencia. La simplificación eclipsa que, en realidad, la zona ha adquirido una extraordinaria heterogeneidad. Sirva de ejemplo que, para desconocimiento de muchos, alberga un complejo con más de 3.000 universitarios.
Descontando a quienes se alojan en residencias de estudiantes, José debe de ser el alumno que vive más cerca de la facultad. Le ahorra largos desplazamientos y desarraigarse de los orígenes para formarse. “Yendo rápido, llego en cinco minutos desde casa; sin prisa, no son más de 10 o 15 minutos”, calcula.
“Mis padres no han tenido esta oportunidad de estudiar”, sabe José. Está convencido de que, de haber podido, hubiesen tomado la misma senda que él. En su casa se dedican a la venta ambulante, un modo de subsistencia para no pocas familias del barrio. “Cuando tenía un día de fiesta en el colegio, iba a ayudar al mercadillo, también los fines de semana -comenta-. Ahora les he dicho que hagan el esfuerzo de que no podré ayudarles. Me quedo al menos los sábados para estudiar, aunque los domingos voy con ellos porque es un mercadillo al que vale la pena ir”. | @elperiodico





