
No voy a incidir en el carácter propagandístico del desarrollismo tardofranquista y del modelo depredador del turismo que ha destruido la costa, apenas suavizado por la insurrección de chichinabo del No nos moverán. Por hoy me basta subrayar la perturbación que causa ver a un grupo de menores manipulados por un anciano que vive en un barco y una señora que pinta. ¿Qué interés tienen esos seres solitarios y ciertamente sospechosos por los cuerpos casi desnudos de los mozalbetes que les rondan? ¿Qué clase de obscena negligencia afecta a los padres de la pandilla, a quienes no preocupa ni un poco que sus hijos pasen las tardes en la bodega sin ventilar de un tipo que ha visto todos los puertos del Atlántico y lleva por sobrenombre una especie de pescado de consumo ilegal? Y la no menos inquietante Julia, que estaría mejor siendo asistida en un gabinete de psicoterapia lacaniana que pintando acuarelitas. ¿Por qué nadie ha señalado estas cosas? ¿Qué poderes del Estado profundo protegen el prestigio de esta serie? Nunca lo sabremos: Chanquete murió antes de que la policía pudiera registrar su barco. | @elpais






