
Qué me ahogo ???????????? pic.twitter.com/Iho9k48MCY
— ᖇEIᑎᗩ ᗪEᒪ OᒪIᗰᑭO???????? (@DiosaHera2106) March 28, 2024
Жизненно pic.twitter.com/C3uIpadGWE
— Anri Tina (@Anri__Tina) March 28, 2024
Los duendes de mi casa en la madrugada después de robarse cosas de la cocina pic.twitter.com/GyBWSe12IE
— Cosas del tercer mundo (@TercerIncomodo) March 29, 2024

En 1939, André Malraux, escritor y futuro ministro de cultura del presidente francés Charles De Gaulle, escribió: «el cine es un arte y también una industria». El historiador y crítico del séptimo arte Peter Bachlin le respondía: «el cine es mercancía, y sin embargo es arte». Fue así desde el principio. Al cortometraje Washing Day in Switzerland (1896) se remonta el primer caso de product placement dentro de una obra cinematográfica: enseñando el jabón Sunlight de Lever Brothers, los hermanos Lumière arrebataron los costes de producción.




Para situarnos, Road house cuenta la historia de un portero de discoteca (de bar, en este caso) con la improbable misión de impartir justicia. O solo orden. Por supuesto, a mamporros. No es Koldo, el de las mascarillas, sino Gyllenhaal. Se trata de un luchador profesional de pasado triste y filósofo desengañado de presente complicado. Al futuro ni se le espera. Lo que no imaginaba nuestro héroe (o sí, pero se lo calló) es que no se trataba solo de un local de mala fama, sino que en verdad es el objetivo de la mafia local que quiere el tugurio para cosas del narcotráfico y la comisión. En definitiva, no solo tendrá que vérselas con unos cuantos chulos borrachos, sino que lo que tiene en frente es sencillamente la más grande. En efecto, ahí hay mucha hostia que dar. «¿Hay algo más divertido que una pelea de bar?», se pregunta el director. También hay, en la más rancia tradición debidamente machista, una chica, claro. | @elmundo

これホントすごくない??? pic.twitter.com/rM0MfaLoct
— ????????Bebechan – 日本のフランス人???????? (@bebechan_france) March 28, 2024