Lo que mapachao…

Una obsesión contraproducente

Su historia de amor-odio comienza en 1963, cuando el autor estadounidense  Sterling North publica Rascal: A Memoir of a Better Era, un pequeño cuento infantil en el que surfea las olas de la nostalgia en compañía de su mapache doméstico. La obra se convierte en un clásico instantáneo, abordando las estanterías de miles de niños a lo largo del país.

Su epopeya mediática gozaría de un impulso definitivo cuando seis años más tarde Disney accediera a los derechos de la obra. Rascal, la película, debutaría en las salas estadounidenses durante el verano de 1969. De prescindible visionado, el filme contemporizaría el fulgurante éxito del amigable mapache en Estados Unidos, y limitaría su herencia.

Casi quince años después de su publicación, Nippon Animation, un estudio de animación japonés, tuvo una idea: ¿qué tal si trasladamos la historia de Rascal a la pequeña pantalla, en una producción de 52 episodios destinados al consumo familiar? De la noche a la mañana, Rascal, su irresistible versión manga, conquista la hiperbólica cultura pop japonesa.

Cuesta acotar el impacto de la serie. Rascal terminaría apareciendo en anuncios de televisión y videojuegos destinados a la GameBoy, y provocaría que miles de niños japoneses desearan un mapache en sus casas. ¿Qué daño podría hacer, al fin y al cabo, el proverbial Rascal? Corría 1977 y los padres japoneses no tuvieron más remedio que encogerse de hombros.

En un abrir y cerrar de ojos Japón comenzó a importar mapaches como si no existiera un mañana. La fiebre alcanzó su pico a finales de los setenta, cuando las familias japonesas adquirían al sibilino mamífero a ritmo de 1.500 ejemplares por semanas. De repente, Japón había colocado un Caballo de Troya perfecto en sus ecosistemas naturales. Y lo había hecho impulsado por una serie de animación.

Y los mapaches tomaron Japón

Las consecuencias se hicieron notar con rapidez. Como explican en Atlas Obscura, una de las lecturas morales de Rascal era la liberación del animal. Los mapaches, al fin y al cabo, son animales salvajes, y al final del día sólo anhelan una cosa: huir. La idea encajaba bien en el orbe cultural japonés, presto a cualquier simbiosis espiritual entre fauna y flora.

Numerosos padres nipones aprendieron la enseñanza por la vía de los hechos: los mapaches habían comenzado a comportarse como, err, mapaches. Agresivos, destructivos y de difícil domesticación, muchos de ellos se encontraron allá donde la fábula de Rascal les encomendaba: en la naturaleza. Convertidos en pesadilla, la serie ofrecía una cómoda salvaguarda moral.

La historia posterior es similar a la de Madrid. En un puñado de años los mapaches se habían expandido por todo Japón. A finales de la pasada década se sabía de su presencia en no menos de 42 prefecturas (de un total de 47).  Saquearon templos, acabaron con especies autóctonas de similares características (el tanuki) y disrumpieron numerosos ecosistemas y cultivos, generando daños anuales por valor de 300.000€.

El gobierno japonés no tardaría en prohibir la importación de mapaches, imponiendo severas multas a quien osara acudir al mercado negro, pero el daño ya sería irreparable. El mapache continúa campando a sus anchas en el archipiélago, y Rascal, muy ajeno a las consecuencias causadas por su entronamiento mediático, sigue siendo muy popular.

@xataka

 

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