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Prefiero vivir en Illescas antes que esto…

El problema de la vivienda en España no es nuevo, pero sí es novedad un modelo de negocio que cada vez se implementa más en las grandes ciudades: dividir los pisos para alquilar las habitaciones y así multiplicar los beneficios de los propietarios. Como consecuencia de esto, familias enteras están siendo expulsadas de sus pisos y hace que alquilar toda una vivienda sea una auténtica ley de la selva.

Jaqueline, Jesús y Luisa son algunos de esos inquilinos que saben lo que es vivir en un piso compartido. Jaqueline paga 690 euros, Jesús 600 y Luisa 700 de alquiler. Es lo que les cuesta una habitación dentro de un piso compartido con muchas otras personas y, en algunos casos, sin ni siquiera comedor.

«Son cinco habitaciones. Solamente es pasillo y todo está dividido para habitaciones», comenta Jesús a laSexta.

Todos ellos aseguran que de momento es lo único que se pueden permitir. «Es muy difícil conseguir piso solo, y más con los sueldos que tenemos», sostiene Jaqueline. Jesús explica que alquilar un piso completo es más difícil por los requisitos que te exigen. «Depósito, alquiler… En la habitación es solo el mes que está en curso», afirma.

«Habitaciones donde no las hay»

Algunos bloques de Madrid siguen este modelo de troceo en prácticamente todos los pisos. Juan Carlos Atroche, de Madrid Compartido, presume del rédito que saca con su empresa. «Si tú te lo sabes organizar, es muy rentable. El reformista es un crack, me saca habitaciones de donde no las hay», asegura. | @lasexta

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Es el mercado. Supongo.

Cuando un piso se libera en Madrid, se pone en marcha una cadena silenciosa que puede decidir quién se queda con él antes incluso de que llegue al mercado. En el primer eslabón están ojo avizor los porteros, un puesto cada vez más cotizado, ya que saben antes que nadie qué vivienda puede quedar vacía por una muerte, un divorcio o una mudanza. Después entran en juego los comerciales inmobiliarios y los inversores, que reciben el chivatazo, cada uno con sus propias redes de contactos entre los conserjes, en una carrera por adelantarse al resto, llegar primero al propietario que va a vender y cerrar la operación. Si la venta se concreta, la información original se paga: desde pequeños regalos hasta comisiones de miles de euros vinculadas al precio del inmueble. En el mercado inmobiliario más exclusivo de Madrid, el del barrio Salamanca, donde ser el primero puede valer una fortuna, las llaves del negocio no siempre están en manos de quienes compran y venden los pisos, sino de quienes abren cada día la puerta del edificio y friegan las escaleras.

“He llegado a cobrar 50.000 euros por avisar a un inversor extranjero de que la del 2ºB acaba de fallecer”, asegura a este periódico el portero Luis Ariza, de 49 años. A pocos metros de la Puerta de Alcalá, en la calle Villalar, en un recorrido de menos de 200 pasos, se pueden contar hasta nueve porterías. Es un camino que conocen como la palma de su mano decenas de agentes inmobiliarios que, portal tras portal, se dejan caer para presentarse, dejar su tarjeta de visita y, si se tercia, aprovechan para hacerse amigos con el conserje de turno, que se deja querer al mejor postor. | @elpais