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Tiene bemoles, por no escribir algo más grosero, que haya políticos españoles que dicen que a los jóvenes les falta cultura del esfuerzo. Es algo que piensan no solo muchos políticos, sino también muchos adultos de nuestro país. Y del mundo mundial. Desde el principio de los tiempos, cada generación se ha quejado de que los jóvenes trabajan menos que ellos. Ahora, que te diga que eres vago un político español, que muchos de ellos han acabado en política porque no valen para otra cosa, es ya el colmo.

Como la memoria humana es muy corta, y sobre todo muy subjetiva, se nos suele olvidar lo que pensaban los adultos de nosotros cuando éramos jóvenes. Nos quejamos de que los jóvenes están enganchados a los teléfonos móviles y los videojuegos. ¡Pero anda que no nos reñían a nosotros por pasar las horas muertas sentados frente a la televisión! En esta generación existe la misma proporción de trabajadores, vagos e intermedios que había en las anteriores. Lo que nos diferencia no es el esfuerzo, sino las oportunidades. Porque cuando mi generación era joven, el país iba a más. Y ahora, a pesar de la apabullante retórica política de orgullo nacional, vamos a menos (por la sencilla razón de que llevamos ya décadas sin modernizarnos y muchos otros países nos están dando el sorpaso).

Los adultos nos vanagloriamos de que dedicamos muchísimo más tiempo a nuestros hijos del que nos dedicaban a nosotros nuestros padres. Y en términos generales es verdad. Pero eso es solo con los jóvenes de nuestra familia. Porque como sociedad, los adultos españoles pasamos olímpicamente de los jóvenes. Y ponemos sistemáticamente nuestros intereses por encima de los de ellos: en medioambiente, en economía, en vivienda, en educación, en prácticamente todo.

La OCDE anunció el mes pasado que uno de cada cuatro españoles entre 25 y 29 años ni estudia ni trabaja. Y que casi 280.000 jóvenes ni siquiera tienen intención de hacerlo (ni-ni-nis). Por lógica, eso no puede responder solo a que nuestros jóvenes sean más vagos que los de otros países, sino también a la falta de oportunidades y los fallos de nuestro sistema educativo.

Es un lastre ingente para los demás jóvenes españoles, que van a tener que subvencionar a ese enorme número de ni-ni-nis durante toda su existencia. Pero es tal la falta de interés por lo que les ocurre a los jóvenes, que ni siquiera esa escalofriante cifra ha provocado un gran debate político o social. Hasta la calidad del semen de Ortega Cano ha causado más revuelo que el que haya más de un cuarto de millón de jóvenes españoles que solo aspiran a vivir del trabajo de los demás.

A los jóvenes se les engaña políticamente sin sonrojo, por ejemplo, haciendo pasar por ayudas para jóvenes cosas que claramente no lo son, como el bono cultural, una subvención encubierta al mundo de la cultura que utiliza a los jóvenes simplemente como canal de distribución. E incluso hay políticos que traspasan continuamente las líneas rojas del decoro intergeneracional, señalando públicamente que «en España se vive bien» o pavoneándose de «la fuerza y la buena marcha» de la economía española (que, por cierto, no tira por sí sola, sino que lo hace con la ayuda de una transferencia masiva de fondos del norte de Europa) mientras uno de cada cuatro jóvenes españoles está en paro y encima les estamos dejando en herencia la factura de una deuda pública desorbitada.

Un ejemplo reciente de la miopía política española con respecto a los jóvenes son las prácticas en las empresas. El Gobierno acaba de establecer que todas sean remuneradas, lo cual es una buena medida porque si no las harían solo los hijos de los más pudientes. Pero, con la excusa de evitar el fraude laboral (que debería atajarse con inspecciones y multas), han endurecido las condiciones para que las empresas oferten prácticas a los jóvenes imponiendo medidas tan absurdas como cotizar a la Seguridad Social o que las prácticas estén ligadas a un plan de estudios.

«Se han endurecido las condiciones para que las empresas oferten prácticas, como cotizar a la Seguridad Social»

En otros países, las prácticas son hiperflexibles y los gobiernos las apoyan al máximo. En Gran Bretaña, por ejemplo, los jóvenes empiezan a hacer prácticas cada verano en trabajos básicos desde los 14 años. Y en Estados Unidos muchos universitarios dedican dos meses de sus vacaciones de verano, año tras año, a hacerlas, ¡dos meses! Y encima son en empresas no necesariamente relacionadas con el ámbito de sus estudios, para así salir después al mercado de trabajo con una formación amplia y flexible. La combinación española de un sistema universitario anticuado (orientado a los intereses de los profesores) y un sistema de prácticas rígido (orientado a los intereses de los sindicatos) pone en seria desventaja a nuestros jóvenes con respecto a los jóvenes de esos países.

No es de extrañar que, ante la indiferencia social y de los políticos hacia los jóvenes, muchos de ellos se desanimen y piensen en tirar la toalla o se vayan a los extremos de la política. Pero las cosas no tienen por qué ser así. Ojalá los jóvenes se den cuenta a tiempo de que la solución a lo que les ocurre pasa por hacer justo lo contrario de desanimarse: interesarse mucho más por las decisiones públicas que les afectan. E involucrarse seriamente, y sin polarizaciones baratas, en la política. | @elconfidencial

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El Gobierno propone que los profesores vigilen las redes sociales de sus alumnos. Así consta en un documento elaborado por el Instituto Nacional de Seguridad (Incibe), presentado por el Ministerio de Educación en el Observatorio Estatal de la Convivencia Escolar y que incluye recomendaciones para trabajar la «ciberconvivencia» en los colegios tanto para los profesores como para los padres.

En esta guía, el Gobierno insta a los docentes, entre otras cosas, a hacer un seguimiento de las redes sociales que usan los estudiantes. «Puede ser interesante la detección proactiva de situaciones de riesgo, por ejemplo, mediante la monitorización de comentarios y actividad del alumnado dentro de las plataformas educativas, o el seguimiento de hashtags y menciones relacionadas con el centro educativo en las redes sociales preferidas por el alumnado, así como la creación de alertas en buscadores con términos relacionados con el centro educativo», señala.

¿Significa esto que los profesores deben espiar lo que hacen en las redes sus estudiantes? «No se trata de hacer espías, sino de vigilar, estar al tanto de las redes sociales que usan los alumnos», responde Purificación Llaquet, subdirectora general de Coordinación Territorial e Innovación Educativa.

Llaquet recuerda la época en que «los padres se hicieron de Facebook para ver lo que hacían sus hijos» y sostiene «que hay muchos profesores que no conocen bien las redes sociales», por lo que hacerse una cuenta y observar las páginas que siguen sus alumnos puede servir para que «estén al día» y prevenir conductas de riesgo. Aboga, en cualquier caso, por «habilitar espacios y tiempos en las aulas para poder conversar con los alumnos». | @elmundo