«La Virgen con el Niño y ángeles» por el pintor francés Jean Fouquet. Es considerada una obra maestra del siglo xv.

La Virgen, como reina entronizada, se representa fuertemente idealizada como una joven doncella de ebúrnea piel, frente muy ancha y con corona de perlas y pedrería sujetando un velo transparente. Lleva una capa de armiño y un vestido de seda gris, con el corpiño abierto mostrando el pecho izquierdo perfectamente esférico, imagen que tiene que ver con el papel de María como nodriza de la humanidad. Sostiene al niño desnudo sobre la rodilla izquierda. El trono sobre el que se sienta está decorado con ágatas, perlas y piedras preciosas. Rodean el trono nueve ángeles, dispuestos de forma que cada rostro está en posición diferente, los azules son querubines y los rojos son serafines, según decían los Padres de la Iglesia; se considera que la elección de estos colores para los ángeles es influencia de Fra Angelico.

Se supone que la inusualmente sensual Virgen de esta obra es Agnès Sorel, amante del noble comitente, así como del rey Carlos VII, y de la que Chevalier era el albacea testamentario. Se decía que era la mujer más hermosa de Francia.

 

Pero en realidad era un díptico que constaba de dos partes: Etienne Chevalier y San Esteban, a la izquierda y actualmente en Berlín, y la Virgen de Melun, a la derecha, en Amberes.

Etienne Chevalier y San Esteban

En la mitad izquierda está retratado Étienne Chevalier con su santo patrón, san Esteban. Esta otra tabla mide 93 x 85 cm. San Esteban aparece vestido de diácono. Sobre el libro, San Esteban lleva una piedra puntiaguda, símbolo de su martirio por lapidación, y una herida en la coronilla le sangra y gotea por detrás.

Para tratarse de un cuadro religioso, resulta marcadamente profano. La coloración es viva y la iluminación potente. El espacio donde se ubican ambos obedece a la influencia renacentista italiana, mediante una perfecta perspectiva lateral y una arquitectura que nos remonta a la Roma clásica. El interés con que capta las telas, los mármoles, las perlas, las gemas y el oro, y el realismo que exhiben los rostros del comitente y del santo con claramente influencia flamenca, con lo que Fouquet tiende un puente estilístico entre la pintura noreuropea y la italiana del siglo xv con esta composición.

El realismo que presenta esta tabla, así como la inclusión de un espacio plenamente renacentista, en oposición al idealismo y goticismo de la tabla de la Virgen y el Niño, crean un fuerte contraste visual y conceptual que podría incluso hacer creer que cada tabla fuera obra de dos talleres pictóricos diferentes.