
Educar desde la empatía no es sinónimo de falta de límites. Alicia Banderas, psicóloga y asesora del programa educativo CríticaMente.ai, identifica aquí una de las trampas más frecuentes: «Muchas familias han entendido respeto como ausencia de malestar, y eso es una confusión importante».
La diferencia es sustancial. Un niño puede estallar en llanto por no recibir algo en cuanto lo pide, tener que esperar su turno, perder un juego o abandonar un lugar en el que está a gusto. Y ahí el adulto puede reconocer ese enojo sin cambiar la decisión. «Entiendo que estés enfadado porque sé que te quieres quedar jugando, pero aun así toca irnos», pone como ejemplo la psicóloga. «Se puede abrazar la emoción y sostener el límite a la vez». Acompañar es precisamente eso: aceptar que el malestar existe. Ceder sería cambiar la norma para contener las lágrimas o la protesta y, de paso, aliviar la incomodidad del propio adulto. | @elcorreo




