El perro menos dramático (han cerrado la piscina en invierno):

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San José de Valderas fue durante la segunda mitad del siglo pasado un barrio obrero, del que surgieron algunos conocidos nombres de lo que vendría a ser la cultura quinqui de la Transición y postrimerías. El escritor J. Benito Fernández, nacido en 1956, se crió ahí durante los años 60 y 70: «Llegué al barrio y eso era un descampado absoluto. Había cuatro edificios y los castillos del Marqués de Valderas. No seríamos más de 200 familias. En mi portal, de trabajadores, tenía como vecino al boxeador recién retirado y convertido en carbonero del barrio, Manolo García, campeón de España del peso pluma. Aparte de apedrear perros, cazar lagartos y gorriones (con tirachinas o con ballestas), la mayor distracción que teníamos era el cine (primero de verano, luego de invierno) y al inicio de los 70 un salón de juegos recreativos llamado Kabuki, aunque nosotros lo conocíamos como «los billares» [por entonces no existían los videojuegos]».

Continúa: «Aquel local era el refugio de macarras, quinquis y golfillos. Cuando podíamos, forzábamos la puerta de las máquinas de petacos (pinball) para jugar gratis. El billar americano o el europeo eran otros de los entretenimientos. Y venga a fumar. Y escupir, se escupía mucho. Quizá para parecer más hombres. Por los billares merodeaban dos futuros quinquis como el Chiqui, que murió en la bañera de su casa por una sobredosis, y el Luciano, atracador de bancos que pasó por la cárcel de Carabanchel y llegó a protagonizar una famosa fuga. Tenía un hermano mayor conocido como el Cigüeño, por lo descollante. Luciano había sido compañero mío de juegos. Jugábamos a los cromos, a los montones… Al Chiqui le teníamos pánico… Era chiquitín, pero era un peleón… Yo prefería hacerme amigo de él, te robaba los cromos, y cosas de esas. Te estoy hablando de los años de Fórmula V, los años sesenta».

Sigue con su relato: «Siendo adolescente recuerdo un compañero del colegio (una academia privada) que pronto abandonó los estudios. Se jactaba de sacar un dinero prostituyéndose en los urinarios de Los Sótanos de la Gran Vía o en los Billares Callao. Corrió la leyenda de que se hizo amante de Bambino. Ese chico no era de mala familia. Era de familia obrera, pero bien. Eso fue muy sonado en el colegio. Era de los primeros que se acercaba al centro de Madrid. Eso es todo el mundo más marginal que yo recuerdo, lindante, porque yo nunca he tenido nada con eso. Esa era la vida de barrio. Madrid era otra ciudad para nosotros. Mi padre trabajaba en el Hotel Plaza [hoy Hotel Riu Plaza] y en el Hotel Washington, en la Gran Vía. Entonces se trabajaba también los sábados, y mi madre y yo íbamos a buscar a mi padre a la salida del trabajo, y la Gran Vía era para mí como Broadway. Recuerdo las luces, también las terrazas con mujeres fumando, que era algo que llamaba la atención en esos años «.

RECREATIVOS Y CINES CALLAO

Como ha comentado J. Benito, los Billares Callao y Los Sótanos de la Gran Vía eran dos lugares paradigmáticos del centro frecuentados por chaperos y sus clientes en los años 70. Los billares mencionados, inaugurados en 1928, contaban originalmente con 32 mesas, bar americano y una sala aparte con graderío para celebrar competiciones. Con el paso de los años, fueron degradándose hasta convertirse en el hábitat y ecosistema predilecto de macarras, chaperos y pedófilos.

Su entrada estaba ubicada junto a las puertas de los Cines Callao, aún operativos a día de hoy. También había futbolines, en los que muchos jóvenes pasaban las horas jugando. Como de nuevo me comenta J. Benito, contaban con «urinarios públicos, donde los vejestorios buscaban a muchachos», y estos vendían sus servicios «por cinco duros».

Por otro lado, los sótanos mencionados estaban en Gran Vía, en los números que iban del 53 al 59. Estos eran parte de un centro comercial subterráneo con juegos recreativos, lo que atraía a numerosos adolescentes. Se podía acceder a ellos tanto por la calle de San Bernardo como por Gran Vía.

Con el paso de los años, el centro ha sido rehabilitado y mejorado, lo que ha permitido erradicar ciertas prácticas en muchos de sus rincones. Dicho lo cual, la Gran Vía y sus inmediaciones siguen ocultando oscuros secretos que algunos estiman es mejor no investigar. Por nuestra parte, sin embargo, seguiremos explorando hasta desenterrar y hacer visibles muchos de ellos, para exponerlos ante todos y satisfacer así las pesquisas de curiosos, lectores e indagadores. | @elmundo