Todavía recuerda su primera actuación cuando le temblaban las manos y cómo la vergüenza recorría todo su cuerpo durante el espectáculo. Aquel primer número que duraba 15 minutos se le hizo eterno y, cuando sacó a la primer mujer al escenario, ella le dijo: «Pero, ¡si estás temblando!». Aquella chica se llamaba Noelia y todavía guarda amistad con ella.
En esa época, Julio César tenía 18 años, quería trabajar en la noche de camarero y empezó a frecuentar locales de striptease porque conocía a uno de los boys. Enseguida quedó impresionado por el ambiente que se generaba en aquellas salas: «Yo era el más jovencito. Cuando entraba se pensaban que era uno de ellos y las mujeres comenzaban a gritarme piropos», relata.
Llegó a un día en que Tomás Ordóñez -que capitaneaba al grupo de los Tomas Boys- le ofreció participar en el espectáculo. Ordóñez fue uno de los pioneros del sector y le enseñó a bailar, a llevar los pasos, a sacar a las mujeres al escenario y a quitarse la camisa con elegancia.
‘ERA UNA LOCURA’
Poco a poco, fue cogiendo tablas y más confianza en esos shows de los Tomas Boys, que arrasaban en las despedidas de soltera, y se convirtió en uno de los mejores. El espectáculo arrancaba con una coreografía de todos los strippers juntos, luego seguían con bailes individuales y el número final acababa con un desnudo integral de los chicos, que desataba la locura entre las mujeres.
En aquellos tiempos, los Tomas Boys eran casi como estrellas de rock que ganaban mucho dinero y hacían unos 10 bolos a la semana en diferentes locales en la ciudad en los que se hacía striptease masculino, lugares míticos como el Pasapoga de la calle Gran Vía, el Pirandello de la Plaza de los Cubos o el New Boys de los bajos de Orense.
Julio no quiere entrar en el detalle de la cantidad de proposiciones que recibió de las mujeres que acudían al show, que se desinhibían por completo en ese ambiente y se soltaban la melena. Confiesa que alguna vez se sintió intimidado y que lo que pasaba en aquel entonces es impensable que sucediese ahora.
Los tiempos han cambiado y si antes ser stripper molaba, actualmente ya no es tan popular. Además, ahora hay bastante más competencia con muchos hombres que se cuidan en el gimnasio y que cuelgan sus fotos en Instagram, con lo que ya no hace falta ir a buscarlos a un local.
DESNUDARSE SIN COMPLEJOS
Julio nunca ha tenido complejos ni ha arrastrado estigmas por quitarse la ropa delante de cientos de mujeres: «Lo nuestro es un arte y lo llevo con mucha naturalidad. Yo hago un baile con clase que no es nada chabacano. Es una coreografía sensual y elegante en la que se crea una magia».
¿Y qué hace falta para ser un buen stripper? «Tener un buen cuerpo, dotes para bailar y don de gentes, porque sólo con el físico no es suficiente», apunta. Por ejemplo, Darek, el ex novio de Ana Obregón, tenía un físico imponente, pero luego era bastante soso y no conectaba con el público.
Con el paso del tiempo, Julio se reinventó y montó Magic World, una empresa dedicada a eventos y despedidas. Además, trabaja como entrenador personal a domicilio y en 2015, fundó su gimnasio Fit Live donde se imparten clases de pilates, yoga y boxeo.
Entrena a 40 personas a las que elabora tablas personalizadas y siempre les cuenta la verdad: «Hay que ser muy honesto y realista con los clientes y no engañar a nadie. No les puedes decir que en seis meses van a estar estupendos porque es un trabajo muy lento y nada agradecido. Se trata de sacar el máximo partido de una persona que por sí misma no podría hacerlo», concluye orgulloso. | @elmundo







