Ah pues genial, fantástico…

Bueno, pues resulta que tanto las hormigas como las cucarachas cuentan con lo que conocemos como espermateca. Es un recinto en el que guardan el semen de una cópula anterior y lo almacenan como si de una biblioteca se tratara».

¿Y por qué debería darnos miedo este concepto? Imagínate por un momento que se cuela una cucaracha en tu casa. Puede que la liquides lo antes y ya está, evitando así que siga moviéndose libremente por tu hogar o que te produzca tanto asco que te quedes completamente petrificada. Bueno, ahora que sabes que las cucarachas cuentan con esta espermateca, imagínate que esa cucaracha que has matado era hembra y que, antes de que le hayas pegado un zapatillazo, ha fecundado cientos de huevos.

Hasta 200 cucarachas en cuestión de meses

Hasta ahora pensábamos que matando a esta cucaracha ya habíamos acabado con el problema, pero parece que no del todo así: «Este es el motivo por el cual ver una única cucaracha en tu cocina es un motivo de preocupación. Si es una hembra que ha almacenado esperma en su espermateca pues igual tienes cinco, 20 o incluso 200 en casa en cuestión de unos meses».

Por norma general, las cucarachas depositan entre 10 y 50 huevos en cada cápsula protectora, fecundando así cientos de crías. De ahí que estos animales puedan infestar una casa en cuestión de meses con una sola cópula. De ahí que la espermateca de las cucarachas sea un auténtico problema para quienes tienen fobia a este animal, quienes a partir de ahora han desbloqueado un nuevo miedo por su espermateca. | @cadenaser

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Me parece tan absurdo…

El streamer y luchador estadounidense Logan Paul ha vendido su legendaria carta Pikachu Illustrator PSA 10 por 16.492.000 dólares (aproximadamente 15,2 millones de euros), estableciendo un nuevo récord mundial como la carta coleccionable más cara jamás comercializada. La operación, que se cerró este martes y fue retransmitida en directo a través de su canal de YouTube,representa un hito histórico en el mercado internacional del coleccionismo y consolida el auge de las cartas Pokémon como activos de inversión de alto valor.

La transacción marca un incremento extraordinario respecto a los 5 millones de dólares que Paul pagó por la misma pieza en 2021. Durante la retransmisión, que atrajo a miles de espectadores simultáneos, el creador de contenido también procedió a abrir cajas antiguas de cartas Pokémon valoradas en 1,5 millones de dólares (unos 1,38 millones de euros). «Anoche fue una noche que recordaré para siempre», declaró Paul en sus redes sociales tras completar la venta, añadiendo que se trataba de «uno de los momentos más destacados» de su vida.

l comprador de esta pieza única es AJ Scaramucci, inversor y emprendedor tecnológico que opera bajo el perfil de Treasure Hunt (Búsqueda de tesoro) en redes sociales. Scaramucci, fundador y socio director de Solari Capital, posee un MBA por la Stanford Graduate School of Business y es hijo de Anthony Scaramucci, exdirector de comunicaciones de la Casa Blanca durante la administración Trump. En un momento emotivo de la retransmisión, Logan Paul colocó la carta alrededor del cuello del comprador mientras exclamaba: «¡Dios mío, esto es una locura!», una escena que rápidamente se viralizó en plataformas como X (antes Twitter) e Instagram.

Características de la carta Pikachu Illustrator

La carta Pikachu Illustrator fue producida en 1998 en Japón como recompensa exclusiva para los ganadores de un concurso de ilustración organizado por CoroCoro Comic, una revista especializada en manga y videojuegos. A diferencia de las cartas comerciales estándar, esta pieza nunca llegó a las tiendas y solo se distribuyó entre los participantes premiados del certamen. Según los registros oficiales, se fabricaron únicamente 39 copias de esta carta, lo que la convierte en una de las más escasas de toda la franquicia Pokémon. | @diariodesevilla

Este tipo de mueble HA MUERTO

Hay un objeto que desapareció de los hogares españoles en cosa de una generación o dos, sin que casi nadie se diera cuenta: el mueble de salón. No hablo de una base para la tele sino de esa arquitectura de madera maciza que ocupaba una pared entera, con sus vitrinas, baldas, cajones, hueco para la tele y, en los modelos más ambiciosos, hasta minibar integrado, lo único de la casa de mi infancia que me parecía un lujo.

Durante décadas ese mueble fue el centro neurálgico del hogar. Alojaba libros, la tele, la minicadena (otro vestigio de otra época), recuerdos familiares y las medallas de judo del niño. Hoy es una reliquia que ningún millennial compra y que la Generación Z ni siquiera reconoce.

La explicación obvia es práctica: los televisores crecieron mucho más rápido que los huecos que estos muebles les reservaban. Se hizo imposible meter una pantalla de 42 o 55 pulgadas donde apenas cabían 21. Los pisos se encogieron mientras los precios se disparaban, y dedicar cuatro metros cuadrados a un monolito de cerezo ya no tenía sentido.

Además, las mudanzas se multiplicaron porque la precariedad laboral obliga a cambiar de ciudad más que antaño, y nadie quiere cargar con un mueble que necesita un camión y tres rocosos. Pero eso no explica por qué nadie los echa de menos.

Lo que murió con el mueble de salón fue algo más profundo: la idea de que el hogar debía exhibir quiénes éramos. Esos mostrencos eran, además de vitrinas funcionales, un escaparate: la vajilla buena que solo se usaba en Navidad, la colección de figuritas de porcelana, los motivos religiosos si la familia era creyente, los tomos encuadernados de enciclopedias que nadie leía pero que hacían saber a las visitas que en esta casa se valora la cultura.

La estantería con los VHS cuidadosamente ordenados, las copas de cristal, las fotos enmarcadas. Todo estaba ahí para ser visto por quienes venían a vernos, para decir: «Esta es nuestra familia, este es nuestro estatus, esto es lo que valoramos, esto es quiénes somos». Eso hoy es, como mucho, un mueble de melanina con unos funkos y la Switch.

Hoy exhibimos en Instagram, o en nuestra foto de perfil y los estados de WhatsApp, pero no en el salón. La identidad ya no se construye mediante objetos físicos dispuestos en una vitrina, sino mediante imágenes seleccionadas en una pantalla. Ya no hace falta demostrar ante las visitas que tienes buen gusto (las visitas, de hecho, son cada vez más raras) porque tus followers ya lo han visto en las stories. Lo otro es cosa de nuestros padres y suegros.

El mueble de salón era un gesto de permanencia y estabilidad: comprábamos uno que sabíamos que sería para toda la vida, lo heredábamos incluso.

Ahora vivimos en la flexibilidad forzosa, en pisos de alquiler con contratos anuales, en Ikea como religión y en el imperativo de viajar ligero. No es solo que no quepa. Es que su lógica misma (lo sólido, lo definitivo, lo expositor) pertenece a un tiempo que ya no existe.

El hueco donde antes estaba el mueble ahora lo ocupa una televisión gigante montada en la pared, una estantería minimalista de Amazon o, directamente, la nada. Y esa ausencia no es casual. Es el síntoma de una cultura que dejó de creer en la idea del hogar como museo personal y empezó a concebirlo como plató provisional de una vida que sucede, sobre todo, en otra parte. En las pantallas. | @xataka

Igualmente tarde o temprano va a pasar.

El estudio, firmado por los investigadores Erik Brynjolfsson y Andrew Wang, de la Universidad de Stanford, J. Frank, de la Universidad de Columbia Británica, Javier Miranda, de la Universidad Friedrich Schiller y Robert Seamans, de la Universidad de Nueva York, arroja una contundente conclusión: por cada 10% de subida del salario mínimo se eleva en un 8% la posibilidad de adopción de robots.

El análisis se centra en la industria manufacturera estadounidense, con una base de datos de 24.000 empresas, de las que menos de un 10% habían adoptado robots, si bien este porcentaje se ha disparado en las últimas décadas. Los «patrones de adopción» de la automatización permiten a los investigadores medir su vinculación con la subida de los salarios mínimos, un efecto que los investigadores consideran «consistente y económicamente relevante». | @eleconomista