
Aun sabiendo esto, Live Nation-Ticketmaster pusieron a la venta una categoría de entradas que no dista mucho de la experiencia de escucha en casa: “No View / Audio Only”. Por unas 58 libras (unos 70 euros) comprabas el derecho a estar dentro del estadio sin ver el escenario ni las pantallas gigantes donde se proyecta al artista. Los ángulos perjudicados y las malas butacas existen desde que hay espectáculo con más demanda que oferta, pero aquí se nos certifica, por escrito y por adelantado, que no vamos a ver nada. Para ganar algo de contraste: los precios oficiales en Wembley iban de las 71,70 a las 588,60 libras, pero a comienzos de julio (con las seis noches agotadas), ya sólo quedaban butacas de visión obstruida por encima de las 210 libras en la reventa.
En realidad ni es el primer caso ni el más caro: En 2023, Beyoncé vendió durante su Renaissance Tour asientos detrás del escenario sin visión del show, por unos 157 dólares, aunque algún fan denunció que la más barata disponible le salía por 350 una vez sumadas las comisiones. Escandalizarse es lógico, porque creíamos que la industria del directo y el ticketing sólo buscaba crecer hacia arriba y no ponerse a excavar el suelo. Durante la última década, las grandes estrellas han multiplicado los productos que rodean a sus conciertos: abonos VIP, paquetes con comida y barra libre, encuentros con el artista o ediciones especiales para los seguidores más fieles que pagan cientos o miles de euros por un trato preferente. La lógica era ir subiendo el techo, tantear hasta dónde llegaría el superfán más comprometido. | @elpais





